THE UNIVERSITY LIBRARY ^* 865.52-6 ot F*t**i" . Return this book on or before the Latest Date stamped below. A charge is made on all overdue books. U. of I. Library * ^ '5W *^. .NiA-^w^ W J EL FA5ADO La Feria de los discretes OBRAS del AUTOR Vidas sombrias; un volumen. La casa de Aizgorri, novela en siete jornadas; idem. Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silves- tre Paradox; idem. Camino de perfeccion (pasion mistica), novela; idem. El Mayorazgo de Labraz, novela; idem. Idilios vascos; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; idem. LA LUCHA FOR LA VIDA La Busca (novela); un volumen en 8., 3,50 pesetas. Mala Hierba (novela); un vol. en 8., 3,50 pesetas. Aurora Roja (novela); un vol. en 8., 3,50 pesetas. EL PA 5 A DO a Feria de los discretes NO VELA z* POR Pio Baroja FRANCISCO BELTR.AN ESPANOLA Y EXTRANJfcRA PRINCIPC, 16 - MADRID 0^ *o a La Feria de los discretes CAPITULO PRIMERO Conversacion en el fren O* E despert6 Quintin, abri6 los ojos, mir6 *^3 derecha y a izquierda, y entre bbsfezo y bostezo, exclamo: - Si estaremos ya en Andalucia. El coche de segunda estaba ocupado por seis ' personas. Frente a Quintin un senor frances, grueso, afeitado, de aire distinguido, con una cin- ^ ta roja en el ojal, mostraba a un aldeano con tra- zas de ganadero acomodado una ilustraci6n, y le explicaba amablemente lo que significaban las ; laminas. El aldeano oia las explicaciones sonriendo con malicia, y en un aparte comico murmuraba de cuando en cuando en voz baja: - jQue inocente! Apoyada en el hombro del frances dormia su 'sefiora, una mujer marchita, con un sombrero extravagante, los pomulos rojos y las manos, 318775 6 PIO BAROJA grandes, agarradas a una cartera; las otras per- sonas eran un cura de color de bronce, arrebu- jado en una capa, y dos reciSn casados andalu- ces que se hablaban a la boca con la mas dulce de las melosidades. - ^Pero no habremos entrado en Andalucia? pregunt6 Quintin de nuevo, impaciente. jOh!; si, senor contest6 el frances . La estacion proxima es Baeza. jBaeza! Imposible. jOh, sin embargo, sin embargo! replic6 el frances dejando las erres al otro lado de la garganta. Voy conlando las estaciones. Quintin se Ievant6, con las manos metidas en el abrigo. En los cristales del vag6n, empanados por la humedad, picoteaban continuamente las gotas de lluvia. No reconozco mi tierra exclamo Quintin en voz alta, y para reconocerla mejor abrio la ventanilla y se asom6 a ella. Pasaba el tren por delante de tierras rojizas encharcadas; a lo lejos se erguian cerrillos de poca altura sombreados por arbustos y matorra- les, en el aire humedo y gris. jQue tiempo! exclam6 Quintin malhumo- rado, cerrando la ventana. Esta no es mi tierra. - (Es usted espafiol? pregunto el senor trance's. - Si, senor. Yo le hubiera tornado a usted por ingle's. LA FERIA DE LOS DISCRETOS 7 - De alia vengo, de Inglaterra, donde he pasa- do ocho afios. - f\ es usted de Andalucia? - De C6rdoba. El trances y su senora, que se habia desper- tado, contemplaron a Quintin. Ciertamente, sus trazas no eran de espanol. Alto, corpulento, afei- tado, de buen color, con el pelo castano, envuel- to en un sobretodo gris, la gorrita cuadros en la cabeza, parecia un muchacho ingles enviado por su familia a" recorrer el continente. Tenia la nariz fuerte, los labios gruesos, los ojos claros, la expresi6n de mozo serio y grave, pero al son- reir una sonrisa de truhcin, maliciosa, agitanada, le desenmascaraba por completo. - A C6rdoba vamos mi sefiora y yo dijo el francos guardando su ilustraci6n en el bolsillo. Quintin salud6. - Debe ser una ciudad interesantisima, <>verdad? - jOh, ya lo creo! - Mujeres encantadoras con el traje de seda. . . todo el dia en el balc6n. - No, todo el dia no. - Y el cigarrito en la boca, ^eh? No. - jAh!, pero, ^no fuman las espaffolas? - Mucho menos que las francesas. - Las francesas no fuman, caballero dijo la senora un tanto indignada. 8 PIO BAROJA jOh! Yo las he visto en Paris exclam6 Quintin . En cambio, en C6rdoba no vera us- ted una que fume. En Francia no nos conocen; creen que todos los espanoles somos toreros, y no es verdad. ;Ah!, no, no, perdon replied el francos , nosotros conocemos muy bien Espafia. Hay dos Espanas: una, la del Mediodia, que es la de Theophile Gautier, y otra, la de Hernani, de Vic- tor Hugo. Porque no se si usted sabra que Her- nani es una ciudad espanola. Si, la conozco dijo con aplomo Quintin, que no habia oido citar en su vida el nombre del pueblecillo vascongado. Una gran ciudad. Seguramente. Quintin, al decir esto, encendi6 un cigarro, pas6 la mano por el cristal empanado de la ven- tanilla hasta dejarlo transparente, y se puso a canturrear mientras contemplaba el paisaje. Con el tiempo humedo y lluvioso, era triste aquel campo desierto, sin una aldea en toda la exten- si6n abarcada por la vista, sin caserios, unica- mente con algtm cortijo pardo a lo lejos. Pasaron estaciones abandonadas, cruzaron ex- tensos olivares con sus olivos en grandes cua- dros, puestos en linea, sobre las lomas rojizas. El tren se acerc6 a un rio ancho de aguas arcillosas. - E1 Guadalquivir? pregunt6 el francos. - No se contestd Quintin distraido. Luego LA FERIA DE LOS DISCRETOS 9 sin duda le pareci6 mal esta confesi6n de su ignorancia, mir6 al rio como si este le fuera a decir su nombre, y anadi6: Es un afluente del Guadalquivir. - jAh! eh? - Ya lo creo que no. - jPobre! Quintin, conmovido, exclam6: - Alii he estado solo, muy solo, durante mu- cho tiempo. Y ahora. . . ya no me querras como 3 los demas. - Si, lo mismo. He pensado tanto en ti. . . - y la madre volvi6 a abrazar a su hijo, y lloro etnocionada durante algun tiempo sobre su hombro. - Vamos, no llores mas , dijo Quintin, y agarrcindola de la cintura esbelta, Ievant6 su madre en el aire como a una pluma y la bes6 en la mejilla. - jQu6 bruto! jQue fuerzas tienes! excla- m6 ella admirada y satisfecha. Luego los dos recorrieron la casa; Algunos de- talles manifestaban claramente el salto econ6mico dado por la familia; la sala con grandes espejos, consolas de mdrmol y chimenea francesa, estaba 20 PIO BAROJA alhajada con lujo; en el comedor, en un armario con cristales, se exhibia una vajilla de loza de Sevres, y platos, teteras y fuentes de plata re- pujada. Esta vajilla dijo la madre de Quintin se la compramos a un marques arruinado, por una friolera; tenian todos los platos y fuentes una corona de marques y las iniciales pintadas, y en- tre las muchachas y yo, con piedra pomez, las ne- mos ido borrando. Hemos tardado meses en esto. Despues de ver toda la casa, madre e hijo bajaron al almacen. Aqui se advertia el lastre comercial de la casa; pilas de sacos de todas clases se amontonaban, dejando en medio estre- chos pasadizos. Fueron a saludar a Quintin los mozos del almacen; luego madre 6 hijo volvie- ron ei subir las escaleras y entraron en casa. Ya tienes arreglado tu cuarto dijo la madre . Dentro de un momento comeremos. Quintin se mudo de ropa, se lavo, y muy pei- nado y muy pulcro, se presento en el comedor. Su padre, elegante, con el cuello de la camisa blan- quisimo, presidia la mesa; la madre repartia la comida; los chicos estaban limpios y atildados. Servia la mesa una muchacha con delantal bianco. Hubo durante toda la comida cierta frialdad, unos mementos de silencio, largos, perturbado- res. Quintin se encontraba violento, y cuando concluy6 la comida, se levanto inmediatamente y se marcho a su cuarto. LA FER1A DE LOS D1SCRETOS 21 Aqui no se ha olvidado nada penso ; no creo que podre estar mucho tiempo en esta casa. Le habian llevado el equipaje al cuarto, y se dedico a sacar sus libros y a colocarlos en un estante. Seguia lloviendo, y no tenfa ninguna gana de salir. Obscureci6 pronto, eran los dias mas cortos del ano; Quintin baj6 al almacen y se encontr6 con Palomares, el senor viejo, depen- diente de la casa. - ^Y que tal por Inglaterra? le pregunt6. - Bien. Aquel es un gran pafs. - Pero mala gente, E1 Alcazar? - Tampoco. - {La torre? - Tampoco. - Esta bien, senorito. Perdone usted si he molestado. Nada de eso. Al salir Quintin del Patio de los Naranjos, se encontr6 cerca del Triunfo con el francos del tren LA FERIA DE LOS D1SCRETOS 29 y su sefiora. El Sr. Matignon se apresur6 salu- dar Quintfn. - jOh!, jque pueblo!, jqu6 pueblo! excla- m6 . jOh, amigo mfo, que" cosa tan extraordi- naria. - ^Pues qu6 le pasa a listed? - Mil cosas. - ^Buenas, 6 malas? - De todo. Figurese usted que ayer noche, al salir de casa y al entrar en el hotel, un hombre con un farol en la mano y una lanza corta co- mienza perseguirme. Yo me meti en el hotel y cerr con Have mi cuarto, pero el hombre entr6 en el hotel, me consta, me consta. Quintfn se ech6 a reir, comprendiendo que el hombre del farol y de la lanza corta era un se- reno. No le haga usted caso al hombre de la lan- za dijo Quintfn . Si le ve usted otra vez y co- mienza a seguirle, le dice usted con voz fuerte, mirandole a lacara: Tengo la Have*. Es la pala- bra magica. Inmediatamente que oiga esto el hom- bre se ira. - ^Y por qu6? - jAh! Es un secreto. - jQu extrafto! Se le dice: Tengo la llave, y se va. -Si. - Es maravilloso. Otra cosa me ha sucedido. 30 PIO BAKOJA Que ayer noche fuimos al cafe" y se me ol- vid6 el baston en la silla, y al volver a recogerlo ya no estaba. jClaro! Alguno que se lo Ilev6. - jPero eso no es moralidad! dijo el sefior Matignon indignado. No. Los espafioles no tenemos moralidad contest6 Quintin con cierta melancolfa. jPero sin moralidad no se puede vivir! Que quiere usted, vivimos sin ella. Para nosotros, robar un bast6n 6 pegarle una punala- da a un amigo son cosas sin importancia. Asi no puede haber orden. - Claro. Ni disciplina. Es cierto. Ni sociedad. Seguramente; pero aqui vivimos sin esas cosas. El Sr. Matignon movio la cabeza tristemente. ^Y usted va paseando? pregunt6 el francos. Si. Iremos con usted, si no le molesta. - De ningun modo. Vamos. Los tres reunidos comenzaron a internarse por aquel dedalo enmaranado de callejuelas. El barrio por donde penetraron, proximidades del Potro, comenzaba a animarse. Algunas viejas de rostro avinagrado, unas con el manto de bayeta de An- tequera, otras con mantilla negra, marchaban LA FERIA DE LOS DISCRETOS 31 oir misa, llevando una silla de tijera bajo el brazo. - Las duenas, eh? dijo el francos sena- lando a las viejas con el dedo . Qu es eso? pregunt6 en fran- c6s la senora Matignon a su marido. Ronfler, amiga mia dijo Matignon ; ronfler. La senora hizo una mueca de desden. Al verlos a los tres, las comadres de la calle cambiaban alguna guasita de portal a portal; en los patios, las criadas fregaban el suelo con aljo- fifa, cantando canciones flamencas; se abrfan los balcones con estrepito, y salian mujeres a sacu- dir las alfombras y los ruedos. Pasaban hombres tiznados empujando un ca- rrito y gritando: jPic6n!; vendedores de hierbas medicinaleslas pregonaban de un modo languido, y algun arriero, montado en el ultimo borriquillo de su recua, iba cantando al compas del cascabe- leo de sus adornados asnos. A veces, travel de una reja, se vefa una cara palida, an^mica, con unos ojazos negros y tristes y una flor blanca en el ebano del cabello. - jOh! jOh! exclamaba Matignon acerc&n- dose inmediatamente a la reja. 32 PIO BAROJA La muchaclia, ofendida de esta curiosidad, de- jaba caer el visillo y segufa bordando 6 cosien- do, esperando al apuesto galan, que quizas no llegaba nunca. Son odaliscas decia el trances con cierto despecho. En algunas calles, en los portales, se veia tra- bajar a los torneros a estilo moro con una especie de arco, ayudandose en su faena con el pie. Quintin, ya cansado del paseo y de las obser- vaciones y comentarios del trances, advirtio a sus companeros que se iba. Antes yo quisierapedirle a usted un tavor dijo Matignon. - Diga usted. - Yo quiero ver una tuneraria para cada- veres. Funegagia paga cadaveges, pronunci6 el buen senor. For aqui no hay ninguna replic6 Quin- tin . Todas estan muy lejos; pero si ve usted una tienda donde se vendan guitarras, alii puede usted decir que se hacen cajas de muerto. - ^Pero es posible? - Si, es una costumbre cordobesa. El Sr. Matignon quedo con la boca abierta, lleno de asombro. - Es extraordinario exclam6 repuesto de su admiraci6n y sacando un cuaderno y un lapiz del bolsillo .Y de d6nde viene esa costumbre? LA FER1A DE LOS DISCRETOS 33 - jOh! Es muy antigua. Los constructores de ataudes de aqui dicen que no quieren hacer s61o cosas tristes, y de la misma madera con que hacen una caja de muerto sacan un trozo para una guitarra. - jAdmirable! jAdmirable! jY eso no se cono- cc en Francia! jQue filosofia la de esos construc- tores de ataudes! jOh, Cordoba! jC6rdoba! jC6mo se te desconoce en el mundo! En aquel momento, por una plazuela muy chica con un r6tulo muy grande, pas6 un san- tero andrajoso y melenudo. Llevaba un som- brero como un soportal de grande, seboso y mugriento sobre las grenas blancas; la angua- rina al revs: la espalda del abrigo sobre el pe- cho y las mangas atadas y abultadas en los extremos, cayendo por encima de los hombros la espalda; en el brazo derecho el santo, y en el cinto una cajeta de cobre con una ranura para echar los cuartos. - jPscht! jSilencio! dijo Quintin . Va us- ted fa ver una cosa interesantisima. - iQue hay? - iVe usted ese hombre? -Si. - ^A que no se figura listed quien es? - No. - El obispo de Cordoba. - jEl obispo! - Si, senor. 34 PIO BAROJA Pero no tiene facha de eclesiastico, ni aun de persona limpia. No importa. Si le sigue usted. disimulada- mente podra usted observar algo muy curioso. Luego de dicho esto, Quintin salud6 al matri- monio y echo correr en direcci6n de su casa. CAPITULO m Infancia: sorrtbrio vesfibtilo de la uida GUARDAN los arque61ogos como oro en pano curiosos documentos, escritos dos veces, a los que llaman palimpsestos. Son pergaminos en los cuales en epocas remotas se borr6 la pri- mera escritura, sustituyendola por otra. En tiem- pos recientes, investigadores tenaces supieron descubrir los borrosos signos, descifrarlos y leerlos. La idea de esos extrafios documentos vino 5 la memoria de Quintin al pensar en su vida. Los ocho anos del colegio ingles habian bo- rrado, al parecer, por complete los recuerdos de su infancia. La uniformidad de la existencia de colegial, el continue sport, adormeci6 su memo- ria. Durante noches y noches, Quintin se acost6 rendido por la fatiga, sin mis preocupaci6n que la de sus temas y lecciones; pero habia bastado el desarraigarse del medio escolar, el volver a su casa, para que los recuerdos de su infancia co- 36 PIO BAROJA menzaran a brotar, hoy vagos, mafiana mas fuer- tes, mas distintos, con mas detalles. La escritura borrosa del palimpsesto volvia a hacerse comprensible; en la memoria de Quintin se amontonaban recuerdos dormidos en la con- ciencia, y entre estos recuerdos habia cosas tris- tes, sombrias; algunas, muy pocas, alegres; otras aun no bien comprendidas por el. Quintin trat6 de reconstruir la infancia. Recor- daba haberla pasado en una casa de la calle de Librerias, proxima a la de la Feria y a la cuesta de Lujan, y fue a ver la casa. Estaba en un angulo entrante de la calle; era una casita de color de rosa, con una plateria en el piso bajo, dos balco- nes grandes, de mucho vuelo, en el principal, y encima de ellos dos ventanucos rectangulares. Sobre el tejado se asentaba una azotea diminuta, con una cerca de mamposteria. - Ahi estaba yo de chico se dijo Quintin. Record6 vagamente que entre las losas de la azotea nacian los jaramagos, y que tenia un gato bianco, con el que jugaba. Miro al interior de la tienda y le vino a la ima- ginaci6n un senor de pelo bianco a quien su madre queria que besara, lo que no consigui6 nunca. Entonces yo debia ser un salvaje pens6 Quintin. Baj6 por la calle de la Feria y record6 las es- LA FERIA DE LOS DISCRETOS 37 capadas que hacia con los chicos de la vecindad a la Ribera y al Murallon, en donde jugaban. Su memoria no seguia adelante; quedaban grandes lagunas en su imaginaci6n; personas, cosas y lugares se esfumaban confusamente. Sus recuerdos claros comenzaban en la calle de la Zapateria, cuando sus padres establecieron la pri- mera tienda. Desde entonces los acontecimientos se ligaban, tenian una explicaci6n, una causa, un desenlace. Quintin fue llevado a la escuela muy nifio, a los tres 6 cuatro anos, porque estorbaba en la tiendecilla. Desde pequeno se distingui6 como atrevido, valiente y fanfarr6n, y muchas veces volvia de la escuela con los pantalones rotos, cuando no con un ojo hinchado. Una vez Quintin rin6 con uno de sus condis- cipulos, que era de Cabra. Con este motivo so- lian embromarle los demas llamandole hijo de Cabra y haciendo del nombre del pueblo barba- ras derivaciones. Quintin era de los insultadores, y un dia el muchacho insultado le contest6: - Mas hijo de cabra eres tu que yo, y tu ma- dre esta enredada con un platero. Quintin esper6 & la salida de la escuela al ca- marada y le hincho las narices; pero un hermano mayor del otro le peg6 despuSs Quintin. Esta cuesti6n di6 origen boles, agit6 las persianas y las cortinas, sec6 rapidamente los tejados. Una campana volte6, y su tafiido grave se extendi6 en el aire silencioso. Lentamente fu invadiendo el cielo un azul profundo, obscuro, morado en algunas partes; brill6 Jupiter en lo alto con su luz de plata, y la noche se posesion6 de la tierra, una noche clara, estrellada, que parecia la continuaci6n p6 por completo al verla. 108 PIO BAROJA hay? le pregunt6. - La cena. jAh! ^Listed es la hija del duefio de la casa? Si, senor respondi6 ella sonriendo. Coloc6 la muchacha la fuente sobre la mesa y 61 se sent6 sin dejar de mirarla. Le habia hecho una impresi6n tremenda. La chica era verdade- ramente preciosa; tenia los ojos negros en forma de almendra; la tez palida, y en el cabello, reco- gido con gracia, negro y lustroso como los elitros de algunos insectos, una flor roja. (\ c6mo se llama usted, si se puede saber, prenda? dijo 61. Fuensanta contesto ella .......... jAh! jSe llamaba Fuensanta! exclam6 in- voluntariamente Quintin. Si. Es un nombre aqui muy comun; conocen por el loro y otros por el verder6n. Esta tiendecilla de la calle de la Zapateria LA FER1A DE LOS DISCRETOS 137 tuvo pronto parroquia. Solia ir por alia gente del campo a tomar la chicuela por la manana; algu- nas criadas y muchos chicos a comprar golo- sinas. En el mostrador estaba el Pende, y tenia su tertulia, que hacia tambien algun gasto. El mas asiduo a la reuni6n era un hidalgo arruinado, de nombre Palomares, conocido del Pende desde la infancia, y que, no teniendo nada en que ocupar- se, se refugiaba en la tiendecilla, y para no moles- tar y ser util alguna vez, el mismo despachaba. Este hidalgo, Diego Palomares, era un aven- turero, hijo de Lucena. Habia salido de su pueblo y de su casa, por primera vez, a los diez y ocho afios, para ir a la feria de Sevilla; perdio alia casi todo su dinero en el juego y las ganas de vol- verse a su tierra, y adquirid, en cambio, el deseo de ver mundo, y, efectivamente, se marcho 3 Ca- diz y se embarc6 para America. Alia tuvo alter- nativas de alzas y bajas; estuvo de comerciante, de sobrecargo en un buque, y tras de muchos afios de trabajos y fatigas, volvi6 a Cordoba con treinta y seis afios, sin un cuarto, y prematura- mente envejecido. Diego Palomares, al ver que su amigo iba marchando con la tiendecilla, se arrimo a el. Mientras el Pende estaba en el mostrador, atendiendo a la venta, la Fuensanta seguia cui- dando del platero. A ios seis meses de la primera entrega, el 138 P10 BAROJA viejo marques Ilam6 a la Fuensanta y le di6 otros cien duros. De las manos de la mujer pasaron a las del marido, y se emplearon integros en la casa. El Pende pidio al propietario que le cediera un cuarto y arrancara una de las rejas para poder extender la tienda. Se hizo lo que deseaba, y en el lugar de la reja se abri6 el escaparate. Luego el Pende mand6 pintar un letrero, y col- gando de la muestra puso una estrella dorada con muchas puntas. jQu discusiones tuvieron Palomares y el Pen- de por si la estrella estaba bien 6 mal! Recuerdo que un dia que iba al Casino me llamaron a mi para dilticidar la cuestion, y les di una conferencia sobre las ensenas de cada oficio, que habia que oirme. Es una cosa en que nadie se fija Vaya, ya esta usted otra vez marchandose por los cerros de Ubeda dijo la vieja. Usted callese balbuceo D. Gil . Esto de las ensenas es muy interesante, peor que la Segunda; pero esto no autorizaba a suponer que la Primera y la Segunda fuesen buenas, ni aun pasables. A pesar de la quimica empleada per el Pende y su dependiente, la tienda fue acreditandose. Ef escaparate se Ilen6 de salchichones plateados, de ciruelas pasas, orejones y latas de conservas. En los vasares se veian pilones de azucar, bote- llas de Jerez, canecos de Ginebra; en el suelo, en sacos, el arroz, las habichuelas y las barricas de sardinas. Iba entrando el dinero en la casa de un modo tan silencioso y poco alborotador, que nadie se enteraba. El viejo platero grunia al pensar que IB iban a abandonar el mejor dia; pero la Fuensan- ta le enganaba diciendole que la tienda no mar- chaba bien, y que la traspasarian si se presen- taba la ocasion. El Pende, que no tenia la paciencia de su mu- jer, trato de emanciparse por completo, y alquild, en la misma casa donde tenia la tienda, un piso bajo, y cedi6 la trastienda a Palomares. La Fuensanta entonces tom6 una criada, y todo el tiempo que tenia disponible iba a hacer compafiia al viejo platero. Este proceder fut muy celebrado por las comadres del barrio; Fuen- santa gozaba de grandes simpatias; al mismo tiempo, el Pende habia conseguido ya que se ol- 142 PIO BAROJA vidase su apodo de familia, y todo el mundo le llamaba Rafael, 6 el senor Rafael, y algunos le decian don Rafael. La familia iba progresando economicamente, adquiriendo mas respetabilidad, cuando el chico, Quintin, comenz6 a hacer de las suyas. Se esca- po de casa, robo; una vez estuvo a punto de en- venenar a toda la familia; hizo enormidades. Entonces el viejo marques, a cuyo conoci- miento habian llegado las calaveradas de su nieto, lo mand6 llamar y lo envi6 a un colegio de Inglaterra. Partio Quintin, y la casa sigui6 su marcha as- cendente; Fuensanta tuvo el cuarto hijo, una nina, y durante el sobreparto, el platero, don Andres Salvador, muri6 de un ataque al corazon. Al abrirse el testamento del platero, se encon- traron con que su fortuna, casi Integra, excepto unas mandas para dos parientes lejanos, la lega- ba a la Fuensanta. Era, entre el dinero y la casa, una fortuna que ascendia a unos 30.000 duros. Entonces la Fuensanta y el Pende trataron de alquilar toda la planta baja de la casa de la Zapa- teria para convertirla en un gran almacen; el due- no accedio, pero el que tenia alquilada la tieuda para esparteria dijo que el no se marchaba, que tenia un contrato para diez afios con el dueno de la casa, y que no se iba. Le ofrecieron una indem- nizacion, pero el hombre siguio en sus trece. jY que no era terco el gacho! jEl Capita! Era LA FER1A DE LOS D1SCRETOS 143 un hombre que se las traia, con una historia pis- tonuda. Vivia hacia algun tiempo amontonado con una viuda que tenia dos hijas educeindose en un colegio. Al salir la mayor de las hijas de su pensi6n, el hombre se enamor6 de ella, y se cas6, pero sigui6 enredado con la madre. El Capita era un punto. Se enter6 su mujer del contubernio, e indignada, y para vengarse, se escape con el de- pendiente de su marido; pero el Capita no se apur6 por el caso. Vino la segunda hija, y el Capita, que tenia mucha mano, comenzo a came- larla, y esta, mas transigente que su hermana mayor, acept6 los hechos consumados. El Capita se encontraba bien en su tienda, tenia, sin duda, carino a todos aquellos serones y jaquimas, testigos mudos de sus borracheras y de sus amores tempestuosos, y se le meti6 en la cabeza que no se habia de marchar, pero el hom- bre no contaba con la huspeda, y la huspeda aqui hie la Fuensanta, que cuando decia que tenia que hacer una cosa, la hacia por encima de la cabeza de Dios. La Fuensanta, a la chita callando, traspas6 la plateria heredada, luego vendi6 la casa de la calle de Librerias, y con el dinero del traspaso y el de la venta, compro la casa de la calle de la Zapateria, y el Capita tuvo que salir pitando, hala que hala, con sus albardas y sus serones. La Fuensanta y el Pende conviitieron toda la planta baja en almacn. Suministraban gnero al 144 PIO BARQJA por mayor a los cuarteles y a la carcel, pero no les convenfa matar el negocio al menudeo y alquilaron en la Esparteria la tienda que tienen junto al Arco Alto, cerca del callejon de Gitanos. Este sitio, conocido antiguamente con el nombre del Gollizno, por su mucha estrechez, es uno de los sitios mis animados de C6rdoba. Por cierto que ahi - jPor Dios! ^Otra historia? exclam6 Quin- tfn . la ciudad; alii se coloc6 la lapida de la Cons- tituci6n, con gran entusiasmo,en 1823, y se arran- c6 y arrastr6 con furor en el mismo aflo; alii se expusieron algunos buenos mozos, muertos en la 158 PIO BAROJA sierra con el trabuco en la mano; alii tambien los ultimos verdugos de C6rdoba, los dos Juanes, Juan Garcfa y Juan Montano, ambos maestros en el arte de guindar a sus semejantes, tuvieron be- llas ocasiones de ejercitar la importantisima mi- si6n que se les habia conferido. For ultimo, de ahi, de la Corredera, salieron los manteses de C6rdoba, parientes de los picaros del Zocodover y del Azoguejo, padres de los charranes del Per- chel y de los lanceros de Murcia y ascendientes lejanos de los golfos madrilenos. Y D. Gil Sabadia, despuSs de enumerar las bellezas de la Corredera, terminaba su articulo con esta Iamentaci6n : jOtra cosa mas que tene- mos que.agradecer al tan decantado progreso! A Quintfn le habian dicho que en la Corredera estaban casi todos los baratillos de Cordoba, y a to manana siguiente de su conversaci6n con Ra- faela se presento alii, dispuesto a no dejar rincon sin revolver hasta encontrar el cofrecillo que le habian encargado que buscase. . Entro .en la Corredera por el Arco Alto. Pre- sentaM desde alia la plaza un aspecto gracioso y .pintore&co. Era como un puerto lleno de velas amarillas y blancas, agitadas por el aire, resplan- deciei?tes;de luz, que llenaban toda la extensi6n de la plaza. En los soportales, obscuros y som- brios, en tenderetes y puestos, se amontonaban una_porei6n de cosas negras. . -Quintjn eqho a andar por el centro de la plaza. LA FERIA DE LOS DISCRETOS 159 Habia puestos fijos, como barracas grandes, don- de se vendian granos y legumbres; habia otros movibles, como grandes paraguas, con un largo mastil, de las verduleras y los vendedores de fruta. Otros puestos, mas sencillos, eran anchas mesas sin toldo, sobre las cuales se amontona- ban las nueces y las avellanas; otros, mas senci- llos aun, estaban en el suelo, sobre el mostrador de piedra, segun una frase de los vendedores ambulantes. Abandon6 Quintin el centro de la plaza y entr6 en los soportales, decidido a no dejar prenderia ni baratillo sin revolver. No habia debajo de los arcos rinconada sin puesto ni columna sin tende- rete al pie. En el fondo de los porches aparecian los portalones de las posadas, con sus patios cla- sicos y sus nombres castizos, como la posada de la Puya, la del Toro. . . Las alpargaterias osten- taban como ensena sus ruedos de pleita; los es- tablecimientos de bebidas, sus anaqueles llenos de botellas de colores; las tiendas de los talabar- teros, sus jaquimas, cinchas y ataharres; las tri- perias, las vejigas y cedazos hechos de piel de burro de Lucena. Aqui, un tejedor de cafia iba construyendo cestas; alia, un baratillero ponia en mont6n unos cuantos libros grasientos, y cerca, una vieja estantigua sacaba del fondo de una sart6n una rodaja de merluza y la ponia sobre una lamina de hoja de lata. Las aceras estaban ocupadas; un vendedor de 160 PJO BAROJA Andujar se paseaba delante de sus fuentes y pla- tos, tinajones y botijos verdes, puestos en cuadro en el suelo; una vieja campesina vendia manias de yesca para los fumadores; un hombre de gorra exhibia petacas y peinetas en una mesa de tijera. En cada columna habia un amolador con su maquina, un bonetero con sus gorros en una gran cesta, un churrero con su caldera, un zapatero con su banco y sus pieles cortadas y su jofaina para humedecerlas. Habia las notas alegres, que las daban las medias y los panuelos de colores chillones, y las notas siniestras: unas cuantas filas de navajas de distintos tamanos sujetas a una pared, en cuyas hojas se leian letreros tan suges- tivos como aquel que dice: Si esta vibora te pica, no hay remedio en la botica. O esa otra leyenda, laconica de fidelidad, escrita debajo de un coraz6n grabado en el acero: Soy de mi dueno y senor. Quintin, despues de mirar y revolver en todos los baratillos y prenderias de la plaza, no di6 con la cajita. Algo mareado por el sol y los gritos, se detuvo un momento y se apoy6 en una columna. Era una algarabia de pregones, de voces, de can- ticos, de mil ruidos. Los beloneros de Lucena pasaban repiqueteando un be!6n contra otro; los LA FERIA DE LOS DISCRETOS 161 sarteneros iban dando con un martillo en un hie- rro, con un compos extrano; los amoladores sil- baban en su flauta. El vendedor de plantas me- dicinales lanzaba un grito melanc61ico; el pino- nero gritaba como un descosido: jMuchachos, llorad, por pinas! Habia pregones languidos y tristes, otros rapi- dos y desesperados. Algunos vendedores se de- dicaban al humorismo, como el barquillero que comenzaba diciendo: jA los barquillitos, que del Puerto vinieron!, y luego en su relaci6n barajaba una porci6n de dichos y refranes; otros indus- triales daban la nota cientffica, como un vende- dor de galapagos, que llevaba sus animalitos ata- dos por una cuerda, arrastrandolos por el suelu, y los anunciaba diciendo con voz aguardentosa: jPollitos de la mar! Toda esta turbamulta de vendedores, de al- deanos, de mujeres, de chiquillos desnudos de mendigos, charlaba, gritaba, reia, gesticulaba; iba por el Arco Alto a la Esparteria, en donde los hortelanos del Ruedo aguardaban a los aperado- res para contratarse; entraba en la plaza de las Cafias, y mientras la multitud se agitaba, el sol de invierno, amarillo, brillante como el oro, cafa y reverberaba en los toldos blancos. Sali6 Quintfn por el Arco Bajo a una plazoleta, en donde algunos viejos tomaban el sol, con la capa liada al cuerpo y el calaf!6s 6 el pavero sobre 162 P1O BAROJA los ojos. La mayoria se hallaban tan abstraidos en su noble ocupacion de no hacer nada, que Quintfn no se atrevid a molestarles con pregun- tas, y se dirigio a un vendedor de altramuces que estaba sentado debajo de un toldillo que le gua- recia del sol. Este hombre tenia sujeto a la pared, con unas cuerdas, un bastidor que le servia de toldo. A me- dida que el rubio bajaba en el cielo, el hombre iba inclinando el bastidor, y siempre se encon- traba a la sombra. Este hombre sabio, que con los anteojos pues- tos leia en aquel momento un periodico, llevaba un sombrero de catite alto de copa; tenia los ojos dulces y pequenos, de borracho; la nariz larga, roja y torcida; la barba blanca en punta. Al oir que Quintin le dirigia la palabra, Ievant6 la vista con indiferericia, miro por encima de sus crista- les y dijo: - Qu dice? - Que esa mujer esta loca; que el no se ha 246 PIO BAROJA casado mas que una vez, como todo el mundo. - Basta con ir al pueblo en seguida y sacar la partida de matrimonio. Envie usted alguno de su gente. - Para eso se necesita dinero, compadre. - Lo tengo. Le voy a dar a usted todo lo que me queda. Si tiene usted tiempo, paguele usted lo que le debo al Cuervo. - Esta bien. Vaci6 Quintin el bolsillo sobre una mesa. - Aqui sobra dijo el bandido . Quedese usted con algo. Guardo Quintin unos billetes, y se acercaron de nuevo al grupo. La conversaci6n volvi6 a girar de nuevo sobre las ideas revolucionarias, que a Pacheco y a Bo- canegra les entusiasmaban. Hablaba el bandido con gran devotion del general Prim. - Yo creo que en el mundo no hay un hombre como ese, y usted no se ria, compadre le dijo Pacheco a Quintin , porque usted no es tan pa- triota como yo. - Cada cual admira lo que es semejante a el replied con frialdad Quintin. - (\ usted cree que yo me parezco a Prim?- pregunto el bandido. - No. Es Prim quien se parece a Pacheco. - Creo que me debia incomodar con usted. . . De pronto, interrumpiendo la conversaci6n, se oy6 la voz T aguda del Sardino, que gritaba: LA FER1A DE LOS DISCRETOS 247 - Mira, dejame ya, que me estas calentando la cabeza. El Manano, en medio de su confusi6n, record6 sin duda en aquel instante su oficio de carbone- ro; miro atentamente la cabeza de su interlocutor, que era de enormes proporciones, y murmur6 con voz parda: - ;Pero si para templartela solo, se necesita un carro de jara! Rieron todos viendo la expresion indignada del Sardino, y siguieron charlando. - Aqui dijo Pacheco a Springer no se puede hacer nada. Se habla mucho y todo se queda en palabras. Nosotros, los andaluces, so- mos como los potros de esta tierra: inucha planta y poca suela. - No diga usted eso, senor Jose salt6 in- dignado Cornejo. - Lo digo porque es verdad. ^Que hacen to- dos esos hombres del Comite? ^Me lo quiere us- ted decir? <-,Para que sirve esta logia? - Eso no lo sabe ni el intrepite de Dios - dijo el Manano, que se habfa acercado al grupo ya en el ultimo grado de la intoxicaci6n alcoh6- lica . Pero aqui y se golpe6 el pecho hay un hombre, senor Jos6. . . para otro hombre. . . y para morir en las barricadas. Si, senor. . . y el dia que usted 6 don Quintin senale, nos veremos con los oscurantistas. . . jY viva la constipacion, y muera Isabel II! 17 248 PIO BAROJA - Bueno, bueno. Vete le dijo el bandido. - Pero liberal siempre, senor Jose. . . aqui y en todas partes. . . - Vamonos dijo Quintin , porque este nos va a dar la gran soba. Se levantaron, y el tabernero fue alumbrando- les hasta la puerta de la calle con un candil. Mar- charon juntos hasta el Gran Capitan; Cornejo, Bocanegra y Pacheco, se dirigieron hacia los Te- jares; Quintin y el suizo bajaron por la calle de Gondomar. - Pero tu, Que te pasa? le dijo. Nada. Se tendi6 Quintfn en un sofa y paso horas en- teras recordando la niebla, y la humedad, y el ambiente fresco de Inglaterra, hasta que se que- d6 dormido. CAPITULO XX Los filosofos sin notarlo AL dia siguiente, Quintin, ya tranquilizado de su fiebre nebulosa y anglomana, iba a ce- nar por la noche al cafe del Recreo. Maria Luce- na, con su madre y una amiga corista le espe- raban. - Pues no has tardado poco dijo Maria Lucena al verle entrar en el cafe. Quintin se encogi6 de hombros, se sent6 y llamo al mozo. Maria Lucena era hija de un aperador de un cortijo del ruedo de C6rdoba. Tenia poca voz, pero mucha gracia cantando y bailando, unas caderas fuertes que al andar oscilaban con un movimiento agitanado, una cara palida e inco- rrecta y unos ojos negros y brillantes. Maria Lu- cena estaba casada con un traspunte, que los tres 6 cuatro meses de matrimonio considero na- tural y 16gico vivir a costa de su rnujer; pero esta le quebr6 la combinacion despachandole de casa. La muchacha que estaba con Maria Lucena en 256 PIO BAROJA el caf6 era una corista de las que se distinguen y comienzan a hacer papeles cortos. Era una mujer bajita, con los ojos negros y muy vivos, la nariz afilada, la boca con una sonrisa burlona que le- vantaba las comisuras de los labios para arriba y el pelo rubio, adornado con dos claveles rojos. La vieja que les acompanaba era la madre de Maria, una vieja gorda, arrugada y llena de luna- res, con la mirada viva y suspicaz. Quintin se puso a cenar con las tres mujeres. Se le habia pasado la murria melancolica del dia anterior, pero se manifestaba triste por dignidad y por ser algo consecuente consigo mismo. Maria Lucena, que habia notado la preocupa- ci6n de Quintin, le miraba de cuando en cuando atentamente. Bueno, vamos dijo Maria. Se levantaron las dos muchachas y la vieja* porque era hora de comenzar la funci6n, y Quin- tin qued6 solo, distraido en hacer esfuerzos para convencerse a si mismo y a los demas de que estaba muy triste. En esto entr6 Springer el suizo y se sent6 al lado de Quintin. ^Que te pasa? le dijo, tomando en serio su aire funebre. Hoy estoy melanc61ico. Vi ayer a una mu- chacha que me gustaba. La nieta del marques. La que se cas6 con Juan de Dios. ^Y que? iQue le pasa? LA FERIA DE LOS DISCRETOS 257 - Que tiene muy mal aspecto. No dura mucho tiempo. - jPobrecilla! Quintin, con voz lugubre, cont6 sus amores, con todo el amontonamiento de detalles insigni- ficantes y de tiquismiquis aburridos. Springer le escuchaba sonriendo. Su cara fina y espiritual seguia con atenci6n lo que contaba su amigo. Luego hab!6 el confusamente. Si, el tambi6n habia tenido amores romanticos. . ., muy romanticos. . ., con una senorita. . .; pero era un pobre plebeyo suizo. Cualquiera hubiese dicho al oirles que los amo- res de Quintin habian durado anos, y dias los del suizo. Era todo lo contrario. La fidelidad de Quin- tin alcanzo hasta dos 6 tres meses, al cabo de los cuales se enred6 con Maria Lucena. En cambio, el suizo seguia durante anos y anos fiel 2 unos amores imposibles. Mientras charlaban, aparecio en el cafe don Gil Sabadia, el arque61ogo. Estrech6 la mano del sui- zo y de Quintin, y se sento en la mesa. Hace mucho tiempo que no le veo a usted - le dijo a Quintin . vulgar, incapaz de elevarse desde los pro- saicos me.nesteres de una tienda a esferas rods altas. A los doce anos de casados murio, y me qued viuda con treinta y tantos anos y una fortuna con- siderable, ademas de la abaniqueria que herede de mi marido. Viuda, joven, con dinero, y no del todo mal parecida, tuve muchos pretendientes, y entre ellos elegi un capitan de ej6rcito, porque me escribio dos cartas encantadoras. Luego re- sulto que las habia copiado de una novela de Al- fonso Karr, que venia en el folletin de Las No- vedades. Guapo, de buen aspecto, mi segundo marido se llamaba Miguel Estirado. jY que vida me dio, Dios mio! Entonces aprendf 3 compren- 302 PIO BAROJA der lo que habla sido para mi el pobre Monle6n. Tenia Estirado un humor de todos los diablos, llegabamos a hacer una visita, preguntaba la criada qutenes eramos; decfa el: E1 senor Esti- rado y su esposa, y si sonreia la muchacha, ya estaba insultandola del modo mas grosero. A los seis meses de casado, mi marido dejo el servicio activo y se retiro para cuidar de la tien- da. Estirado no tenia espiritu militar; vendio los galones del uniforme, y su espada estaba en un rincon. Una vez la criada la cogio para desatran- car el retrete, y despues de desatrancarlo, la dejo alia. Al ver aquello me dieron ganas de llorar; cogi la espada por la empunadura, que era uni- camente por donde podia cogerse, y ensefiando- sela a mi marido, le dije: La espada que te han dado para defender la patria mira c6mo esta. El me insulto, y tapandose las narices de un modo cinico, me dijo que me marchara, que no le importaba ni la espada, ni la patria, y que le de- jara en paz. Desde aquel dia comprendi que todo habia concluido entre los dos. Al poco tiempo, Estirado despidio a un depen- diente antiguo que habia en la casa, y puso en la abaniqueria a dos muchachas hermanas: Asunci6n y Natividad. A los seis meses, Asunci6n tuvo que salir a pasar una temporada a un pueblecillo, y volvio con una criatura. Al poco tiempo volvi6 a repe- tirse el viaje. LA FERIA DE LOS DISCRETOS 303 En toda la vecindad no se hablaba de otra cosa; yo, en vista de la actitud de las dos her- manas para conmigo, no me atrevia a bajar a la tienda, y ellas hacian lo que les daba la gana. Al cabo de seis anos, un dia mi marido des- aparece, llevandose todo el dinero, en compafifa de Natividad, la hermana menor. La otra, la Asuncidn, viene a mi con la queja y con los cua- tro chicos colgados del brazo, y me cuenta una historia romantica, de su madre que se emborra- chaba, de su novio. Yo me acorde de la Flor de Maria de Los Misterios de Paris, de la Fantina de Los Miserables, y le di lo que pude, qu6 iba a hacer? Pas6 el tiempo, y Estirado comenz6 a escribirme pidiendo dinero; luego cesaron las cartas, y al cabo de medio ano mi marido me escribi6 una carta diciendome que Natividad se habia escapade, que el estaba gravemente enfer- mo en Madrid, en una casa de huespedes, y que fueramos Asunci6n y yo a cuidarle. Yo compren- dia que esto no era honroso, ni cristiano, ni razo- nable, pero accedi tambi6n y fuimos la mujer y la querida, y le cuidamos hasta que se muri6. A su muerte, senale una pension a la muchacha, deje Sevilla, y me vine a vivir a C6rdoba. Esta ha sido mi vida. - Senora. Creo que ha sido usted una san- ta dijo Quintin . Lo que me asombra es como, con un aprendizaje asi, se ha metido us- ted en esta aventura. 304 PIO BAROJA - Pues ya ve usted, no he escarmentado. Le conoci a Pacheco en el campo, una vez que entr6 en un cortijo mio. Me record6 una novela de Fernandez y Gonzalez. Hablamos, me sedujo su vida, le escribi, me contest6 61 por atenci6n se- guramente, y se Ilen6 mi cabeza de locuras, hasta el punto de disfrazarme de hombre y de seguirle. - Afortunadamente, senora, ha dado usted con personas bastante dignas dijo Quintin - que no abusaran de su buena fe. - ^.Que me aconseja usted que haga? - Pues una cosa muy sencilla. Esta noche, probablemente, saldremos Pacheco y yo de aqui. Usted viene con nosotros, la dejamos en su casa, y se acab6 la aventura. - Es verdad. Es lo mejor. - Ahora veamos dijo Quintin si el Cuer- vo ha puesto algiin lastre en la cesta. Se subi6 en una silla y abri6 el ventanillo. - Hay peso dijo, tirando de la cuerda - ergo hay provisiones. Alegrese usted, dona Sin- da anadi6 , y prepare usted la mesa. CAPITULO XXV Se prepara tin sectiesfro QUINTIN, al anochecer, sali6 al tejado, ten- di6 la raspa en un caballete y espero que llegara Pacheco. Daban las ocho en el reloj de la catedral, cuando aparecio el bandido ga- teartdo en direcci6n de la guardilla. - jEh! le Ilam6 Quintin. - iQu& hay? ^Es usted? -Si. - ^Por que me espera usted fuera? - Para que hablemos aqui y no se entere esa senora. La he convencido de que se marche tran- quilamente su casa. - Muy bien. Pero oiga usted, compadre, ven- go dispuesto a que hagamos una sonada. - Yo estoy con usted para todo. ^QuS ha pen- sado usted? - Secuestrar a la Aceitunera esta noche. - ^Pero eso es posible? - Y tanto. La condesa va a ir al teatro. Ira en coche, como es su costumbre, y a noser que haya 306 PIO BAROJA vuelto de Cabra Periquito Galvez, y este le acorn- pane, volvera a su casa sola en el coche. Que esta Periquito y le acompana, no se hace nada; que sale sola, pues la robamos. - Pero bueno, c6mo? Primeramente, yo me encargare de ajumarle al cochero y de ocupar su sitio; mientras tanto, usted va al teatro, ve usted que sale sola, pues se planta usted en la otra acera, enfrente de la puerta, quieto; que sale acompafiada, pues en- ciende usted un f6sforo como si fuera usted a fumar, ^comprende usted? - Y en ese momento, Busted d6nde esta? - En el pescante. ^Que la condesa va acorn- panada? La llevo a su casa, y dejamos la cues- ti6n para otro dia. ^Que va sola? Pongo los ca- ballos al trote y voy al Campo de la Merced; alii paro, usted monta, y hala. - Muy bien. jChoquela usted, compadre! Pero veamos con frialdad los inconvenientes. - Vamos a verlos. - Primeramente, la salida de aqui. Estan ron- dando la calle, segun ha dicho el Cuervo. - Ah, ^pero usted cree que yo soy tan pimpi que voy a salir por la taberna del Cuervo? jCa, hombre! - Claro que no. - <-,Pues por donde? Ya lo ver usted. LA FERIA DE LOS DISCRETOS 307 - Bueno. Esta resuelta la primera dificultad: segunda, yo tengo que ir al teatro para ver si la condesa sale sola 6 no, y a mf me conocen, y si alguno de la policia. . . - No pasa nada. Tome usted esta entrada. Usted se cuela cuando la representaci6n haya empezado, y sube usted hasta arriba, abre usted unos de los palcos altos, que suelen estar siem- pre vacios, y si viene el acomodador le da usted una peseta. Es amigo mio. - Bueno, entonces avisemos a esta senora, y andando. ^Cenamos antes? pregunt6 Quintfn. - No; hay que tener la cabeza despejada. Ce- naremos en el cortijo del Pino 6 en la carcel. - Ha hablado usted como un hombre. Vamos alia. Entraron en la guardilla. - Dona Sinda dijo Quintfn vamos a ga- tear un poco por ahi. - Espere usted un instante, compadre ad- virti6 Pacheco A mi no me ban de hacer nada, pero si a usted le ven lo trincan ; y al decir esto, abri6 un armario, sac6 una capa parda, un pafiuelo de hierbas y un sombrero ancho. - Eso para quie"n es? - Para usted. Hizo Pacheco un Ho con estas prendas, y dijo: - Andandito; primero ire" yo, luego la senora y despuSs usted, Quintin. 308 PIO BAROJA Se pusieron en fila y echaron a andar. La noche estaba obscura, amenazando tormenta, algunos relmpagos lejanos iluminaban de cuando en cuando el cielo. Dona Sinda marchaba despacio penosamente. Vamos senora, vamos le decia Quintin , que ya estamos cerca. Me lastimo las manos y las rodillas mur- mur6 ella . Si pudiera andar a pie. . . No es posible dijo Pacheco . Irfa usted caer a un patio. jAy, Dios mio! Yo no voy mas alia. Vamos siquiera hasta aquella azotea. Dona Sinda se conformo; recorrieron el caba- llete de un largo tejado, bajaron a la confluencia de dos tejadillos y salieron a la azotea. Saltaron el barandado. jAy, Dios mio! Yo me quedo aqui excla- m6 dona Sinda. Pero senora, si falta poco dijo Quintin. Pues yo no me muevo ya. - Bueno, pues nos iremos nosotros dijo Pacheco. porque la rosa entre mas encarnada, jay, es mas hermosa! Ya las castanuelas repicaban locas y todo el concurso jaleaba a los bailadores. Pacheco per- seguia a su pareja con los brazos abiertos, y ella parecia provocarle y huir y escaparse cuando el iba a dominarla, y en estas mudanzas y movi- mientos, las faldas de la condesa iban y venian y se replegaban sobre sus muslos, y sus caderas se dibujaban poderosas, y habia en toda la es- tancia como un efluvio de vida. Quintfn seguia rasgueando la guitarra, entu- siasmado. La cantadora le habia ofrecido una LA FERIA DE LOS DISCRETOS 345 copa de vino bianco, y 61, sin dejar de tocar, alar- g6 los labios y vaci6 la copa. Se repiti6 varias veces el baile, hasta que ren- didos los bailadores, se sentaron. - Qu norte ni qu nada exclamaba Quin- tin con las lagrimas en los ojos. De pronto la muchachita que habia cantado le dijo que se marchaba. - ^Por qu6? - Porque algun guas6n va a apagar las luces. Quintin dej6 la guitarra y se acerc6 a la con- desa. - Saiga usted la dijo , porque van a apa- gar la luz. Ella se Ievant6, pero no tuvo tiempo de salir. Dos mocetones, de un soplo cada uno, apagaron k>s candiles, y el zaguan qued6 a obscuras. Quintin condujo a la condesa a un rinc6n y es- tuvo protegi6ndola por si acaso. Hubo una de chillidos agudos de mujer, de risas y de voces, todos se dirigieron a la puerta, pero estaba atran- cada adrede. Quintin sentia a su lado la con- desa, palpitante. - Bueno, bueno dijo el amo de casa ya basta de broma , y encendi6 de nuevo la luz. Se normaliz6 la fiesta, y poco despu6s comen- zaron todos a desfilar. El dia siguiente era el fijado para la marcha. Pacheco tenia, segun dijo, razones para no ir a 346 PIO BAROJA C6rdoba, y no fue. Quintin se puso en el pes- cante del coche y condujo a la condesa. Al anochecer estaban en la cuesta de Villavi- ciosa. Se veia desde alia arriba, la luz del sol a medio extinguir, C6rdoba, muy llano, muy ex- tenso, entre campos de amarillos rastrojos y ne- gruzcos olivares. Una bruma tenue se levantaba del cauce del rio. A lo lejos, muy a lo lejos, se erguia un monte alto y puntiagudo de la sierra de Granada. Volvian los carros por el camino dando tum- bos y traqueteos; se oia la cancion moruna del carretero, tendido sobre los sacos 6 los pellejos de aceite; pasaban jinetes en caballos gallardos, sobre la silla vaquera, la manta en un arz6n y la escopeta en el otro. . . Al entrar en C6rdoba era ya de noche; el cielo estaba estrellado; a los lados del camino, que terminaba ya entre casas, grandes piteras de muchos brazos brillaban en la obscuridad. Quintin llevo el coche hasta el palacio de la condesa, y salt6 del pescante con gran asombro del portero, - Adi6s, senora dijo 61 alargandole la mano y ayudandole a bajar del carruaje Adios, Quintin contesto ella con cierta melancolia. CAPITULO xxvm El recado del rnas6n. DE manera que no se sabe nada de 61? pre- gunt6 el suizo. - Nada respondi6 Maria Lucena ; salio aquella misma noche de aqui, cuando le quisie- ron prender, y ya no ha aparecido. Se dice que entre Pacheco y 61 han robado a la condesa. - jDemonio! Un secuestro. - Si. Crea usted que me esta dando unos dis- gustos ese hombre, que ya me pesa haberle co- nocido. Pablo Springer contemp!6 con simpatia el ros- tro plido de la c6mica. - Ya vendra dijo. - jOjala no viniera! contest6 ella. El suizo qued6 algo turbado. - la puerta y entr6 precipitadamente Remedios. Quintin se Ievant6 y quedo contemplandola asombrado. - jEs Quintin! dijo ella. - Si, soy yo. - Al fin has venido anadio ella, y le alargo la mano. ^Que me miras? ^.He cambiado mucho? - Mucho, muchisimo. Estaba encantadora con su traje bianco, que dibujaba el talle esbelto y la cadera abultada. En sus labios habia una sonrisa llena de gracia, y sus ojos negros brillaban. - Tu estas igual dijo ella. - Si, igual. . . Mas viejo. He visto a Rafaela y a Juan de Dios en Biarritz. Ellos me han dicho que estabas aqui. - <, has venido en seguida? -Si. - Muy bien hecho. Vamos al comedor. Yo soy ahora el ama de casa. Pasaron al comedor. Era un cuarto grande, blanqueado, con vigas azules en el techo, y im armario grande y tosco para la vajilla. En medio habia una mesa pesada de roble, con un hule bianco, y en el centre de ella un jarr6n de cristal lleno de flores. Al lado de la ventana habia un bastidor de bordar y una canastilla de mimbre con ovillos de color. LA FER1A DE LOS D1SCRETOS 427 - Anda, sientate dijo ella. Ahora pon- dran la mesa. ^Pero por qu6 me miras tanto? - Es que estas transformada, chica; pero transformada en bien. - (De veras? - Si, de veras; ya no tienes aquel aspecto in- quieto de antes. Puso la mesa una muchachita y se sentaron Remedies y Quintin. Remedies cont6 su vida, una vida sencillisima. - Ya se que das lecciones a las chicas le dijo Quintin. ^Eso te entretiene? Mucho. jSon unas chiquillas mas listas todas ! Despues de comer, la vieja criada condujo a Quintin a un cuarto grande con una alcoba. Se sent6 el hombre en un sil!6n, preocupado. La presencia de Remedios le habia producido un efecto inaudito. Se sentia atraido hacia ella como nunca se habia sentido atrafdo por una mujer. Al mismo tiempo le embargaba un sentimiento de humildad, no porque ella fuera aristocratica y el no, ni porque ella fuese joven y bonita y el ya viejo, sino porque comprendia que era buena. Si esto concluyera bien penso , jque acierto mas grande el de venir aqui! Pero si no concluye bien, mi vida esta destrozada. Quintin se Ievant6 y paseo durante mas de una hora por el cuarto, contemp!6 una virgen del 428 PIO BAROJA Carmen, con el manto lleno de abalorios, colocada sobre la comoda de nogal, mir6 distraidamente las litografias coloreadas de las paredes, que re- presentaban unas escenas de la novela Matilde 6 las Cruzadas, y otras de Pablo y Virginia. - Tengo que hablar a Remedies hoy mismo - penso. Y decidido, con el .corazon palpitante, fue a buscarla. Estaba bordando en el comedor. Se sento Quintin a su lado y comenzo a hablar de asuntos indiferentes. - ^Cuando te casas? le pregunto de pronto Quintin. - jQue se yo! contesto Remedios. - Rafaela me dijo que habias rechazado mu- chos pretendientes. - Es que quieren que me case replied ella - con un hombre por si tiene dinero 6 si tiene titulo. Y no. Yo no quiero. A mi no me importa que sea rico 6 pobre; yo lo que quiero es que sea bueno, que tenga una confianza ciega en mi, como yo la tendre en el. - (\ a que llamas tu ser bueno? pregunto Quintin. - A ser un hombre digno, a ser un hombre de fe, incapaz de hacer traicion, incapaz de en- ganar. . . Quintin enmudecio, se levanto y volvio a su cuarto. Toda la tarde la paso yendo de un lado a otro, como fiera en la jaula. LA FERIA DE LOS D1SCRETOS 429 En la cena no hab!6, ni comio por mas esfuer- zos que hizo; al levantarse de la mesa, con acento conmovido dijo: - Oye, Remedios. - (-.Que? pregunto ella comprendiendo su emoci6n aunque sin saber la causa. - Que me voy. - cel. - <;,Y nada mas? - Nada mas. No me he preocupado de nadie mas que de mi mismo. He sido ingrato. - (-Tambien ingrato, Quintin? Tambien. Soy egoista, mentiroso, farsante. . . Y aun asi, Remedios, hay hombres que tienen dentro del alma m^s porqueria que yo. 430 PIO BAROJA - Me das pena, Quintfn. - iQue quieres? Queria ser rico, y mi corazon y las pocas cualidades que tenia, si tenia algu- nas, se han ido secando y quedando en las zar- zas del camino. - jQue triste debe ser vivir asi! - Triste. . . pse. . . no. Es como una linterna magica, ^sabes? Pasan las cosas, pasan y nada mas. - ^Sin carino ni odio? - Sin nada. - Y antes, cuando nos conociste, ^ya enga- nabas, Quintin? - Entonces empezaba. - Adios, Remedies. Cree que he hecho, al hacerte esta confesion, un sacrificio muy grande. i Adios! -- Y Quintin tendio la mano a Reme- dies. Ella retrocedio. - <^Te asusto ya? - No. - <-Pero no quieres darme la mano? - No. Cuando seas bueno. - (\ entonces? - Entonces quizas. Quintin, cabizbajo, sali6 del cuarto. Durante muchas horas estuvo Quintin asoma- do a la ventana, fumando. La noche estaba clara, templada y dulce. La LA FERIA DE LOS DISCRETOS 431 luna argentaba las colinas lejanas; un ruisenor cantaba suavemente en la obscuridad. Un flujo de pensamientos acudia al cerebro de Quintin. - La conciencia se decia , la conciencia es una debilidad. ^Que es la honradez? Una cosa mecanica. Para la mujer, la seguridad de que vive con la pareja senalada por la Iglesia; para el hombre, el estar comprobado que el dinero que tiene lo ha sacado por procedimientos que no estan inclufdos en un libro. Pero otra honra- dez superior, como quiere esa chiquilla, no es una locura en un mundo en que nadie se preocu- pa de ella? Esta muchacha me ha perturbado por completo. Quintin sentia ganas de llorar al pensar que habia estado tan cerca de la felicidad. Podia ha- ber enganado 3 Remedies. . . No, no podia ha- berla enganado. . . Entonces no hubiese sido feliz. Mientras pensaba, la luna llena iba subiendo en el cielo; su luz, al pasar por entre las hojas de una parra, bordaba en el suelo preciosos encajes. Se oia continuamente el tintineo de las esqui- las y de los cencerros; de cuando en cuando al- gun rumor lejano de pasos y de conversaciones, el murmullo del viento en el follaje, el mugir de los bueyes, el relincho de los caballos y los gol- pes de los cuernos de las vacas en el tina6n. De pronto Quintin se decidi6. Tenia que mar- charse. Era necesario. Salio de su cuarto, bajo las escaleras sin hacer ruido y se dirigi6 a la 432 PIO BAROJA cuadra. Encendio un farolillo, ensil!6 el caballo, le puso el bocado, y tomando al animal por la brida lo sac6 al patio. Abrio el porton de madera y dio la vuelta hasta salir al camino. Quintin monto a caballo y estuvo contemplan- do durante largo tiempo la fachada del cortijo, bafiada por la luz de la luna. - jAh, pobre Quintin! murmuro. - Aqui no te ban valido tus argucias y tus tretas. ^No eres bueno? No puedes entrar en el paraiso. Aqui no tienes que luchar con bolsistas, ni con politi- cos, ni con gente de mala fe. Es una chiquilla que no sabe del mundo mas que lo que le dice su corazon; la que te ha vencido, Quintin. ^No eres bueno, pobre hombre? No puedes entrar en el paraiso. El caballo echo a andar lentamente; Quintin mir6 hacia atras. Un nubarr6n se interpuso de- lante de la luna; todo el campo quedo en las ti- nieblas. Quintin sintio el corazon oprimido y suspiro fuertemente. Luego quedo extranado. Estaba llo- rando. Y siguio adelante. Y los ruisenores siguieron cantando en la obs- curidad, mientras la luna, muy alta, banaba el campo con su luz de plata. FIN El Paularjunio 1905. ( N D I C E Pigs. ANTEPORTADA 1 OBRAS DEL AUTOR 2 PORTADA 3 CAPITULO I. Conversacibn en el tren 5 CAP. II. jOh, pueblo oriental, ciudad romantica! 25 CAP. III. Infancia: sombrio vestibule de la vida. 35 CAP. IV. Ojos azules, ojos negros 47 CAP. V. jLos nobles caserones antiguos! ... 59 CAP. VI. De un encuentro que tuvo Quintin en las proximidades del Potro 73 CAP. VII. En donde se cuenta la historia de un ventorrillo de Sierra Morena 95 CAP. VIII. Lucha en un olivar Ill CAP. IX. En donde el seiior de Sabadia abusa de la palabra y del vino 123 CAP. X. Acaba don Gil su relate 135 CAP. XI. Mas impenetrable que el corazon de las mujeres, el de las nifias 147 CAP. XII. En busca de un cofrecillo 157 CAP. XIII. Una romeria y un paseo 173 CAP. XIV. Primavera 187 CAP. XV. jDonde fueron las bellas esperanzas! 197 434 INDICE Pans. CAP. XVI. Comienza a manifestarse el hombre de acci6n 207 CAP. XVII. Soy un pequeno Catilina 221 CAP. XVIII. La taberna del Bodegoncillo. . . 233 CAP. XIX. Las amables ironias de la realidad . 249 CAP. XX. Los filosofos sin notarlo 255 CAP. XXI. Habla el senor Juan 269 CAP. XXII. Palos, tiros y pedradas 275 CAP. XXIII. Persecucionesy escapatorias. . . 283 CAP. XXIV. Una vfctima del folletin 299 CAP. XXV. Se prepara un secuestro 305 CAP. XXVI. Explicaciones 319 CAP. XXVII. En donde charlan una condesa, un bandido profesional y un hombre de accion . . 333 CAP. XXVIII. El recado del masbn 347 CAP. XXIX. Una conferencia 356 CAP. XXX. Proyectos 372 CAP. XXXI. La noche y el dia 383 CAP. XXXII. La feria de los discretos 392 CAP. XXXIII. La ultima partida 404 CAP. XXXIV. Final 417 INDICE 433 COLOF6N . 435 Se imprimi6 LA FERIA DE LOS DISCRETOS EN LA IMPRENTA ARTlSTICA DE JOSE BLASS Y CiA DE MADRID ZK Pio BAROJA EL PASADO La Feria de los discretes NOVELA FRANCISCO BELTRAN RSPANOLA Y E.XTRANJE.RA PRINCIPE, 10 - MADRID De venta en todas las librerfas Pio BAROJA LA LUCHA FOR LA VIDA a La Busca MMU I.*..,-. 30- . Mala Hierba NOVELA > Sm poll* U IKU L.._.,.,..30, . Aurora Roja NOVELA > TjWuiiJUWSt LaNoveladeLinoWiz MAURICIO LOPEZ-ROBERTS * Uavol.nl*. 3,50 pMUl i- JORGE OHNET CARLOS DC BATLLC or r nWM f 1- HtMMMM Mr"*" 3,50 ptAS. El Camino de la Gloria . 3,50 ptas. GUY DE MAUPASSANT Pedro y Juan NOVELA n--i. CARLOS FRONTAURA p*wtu 3,50 s PAUL BOURGET flndres Cornells ROVBLA Venial fiKcltint j*i CARLOS DE OCIIOA j> i . .oi i .. 3,50 F";'>. Los Frailes en Espana JULIAN JUDERIAS |M n 0* X. U A|ricltw.-XI La iKdMM*. d CaMrrio T IMVlMt OMiJculfl* -XII. Uotfty ,SS!y' P LAr * r Cantares RAMON DE CAMPOAMOR u > A r. ' ECA DE QUEIROZ La llustre casa *w CMMta * KOW tOUALU-KAWO CM* MHiatmi plli*BU | CM M MHBHU t Mplnft M I* t|rtm IMMminf 3,50 AZORtN J. MARTINEZ Ruiz 41 Las Conf esiones de un pequefio f i losof o NOVELA MM iMM . luu McmM mini DOS > WILLY w , i T H.r i .... Claudina en la escuela Claudlna en Paris Claudina en su casa Claudina desaparece - NOVCLAS B*. * U'lS RUIZ COXTBtSAS , 3^0 pCTttts. REBELI6N 3 pesetas N ; > V I ' : JOYZELLE *,' kF.IT.l I N ei ana novla pftticiul. en extrrmo .'ii-. c>n un Ji^ria.'f m-jy paUHco y i.it.-'^AnHii.--.- "n rlla M lublj ,' ,MV v un t ' i i uoLi' *-. ennjatAS del Teresina NOVEIA -ALBERTO DELPIT VU5tOK CA9TSU.ASA t-L CARLOS FHONTAURA En U (K.H-U tff Dd^n. 0o !( to* MM HitUM 4fo. U KCWM U* -ntc/t *n y U U*m I ARTE DE AGRADAR * ARTE DE SER AMADA Cmtjts prtctlru i tttntn fe Mini Inilirli it Ii |ir iliinti [ DUQUESA LAUREANA ) Para ser amada CONSFJOS DE UNA Eecretos femeniles Para ser elegante Car/as * Oehoe U qua tncuwtn en e;!e libra 3,50 Pta*. Para ser elegante LA ETERNA SEDUCClON Secretes femeniles Scgunda pin* ii< Para ser amcda * Qchca IMwui, i < - CM ***U r*M < *v r 4 IJ UlK*i*J.-* MFMM i i **4* * ' Ita M*MMM I*. CM Dflrm >cr ** At ame>r j dt tltg**el*. mJ m:MM> PIIU ofrru no AtcesttM mAi rtotioi. pvcs Ui rffrz 7 cto tditiouft qyf dc U dot M Kan hccho, MM pre6a Bufl- cientc de qu MMI llbrot InOtvpeMiMet i tod t*i >rflorM. ^MSIB * RICARDO BUROUETE * Mi Rebeldia Moi (*(ipclo v h*tco. VIM Mi Iramonuna, El Dbro m-f-n- bl del MtdtMo. IX. Algnui tniitmai jr rrtcxleoM aflnat^i en ohKju - X Conclw*inne dc un rebcMt I libtoa relerentei i ella publicados en caslellano y en portuguei; Indices cronoUglcot eo lot tnismoi, etc., etc UkU ISO tn Tolumtn en B miyor. (UffilAo II par 14} de vtl*. 15 pesetas morales para nirlos Histopia de Btrnana 5-^,*;.'"^ casteilana por Ediardo Sanchez de Caatllla, con Uualraclonei de Kauflmaa. .) y^ j i Los C^a^ncs Baantes Botia it Pro ^urd'Jcd"^*.?. : rM.O^k,yB..rd. i>^|^ La Her?ncla dt li Hi . . ^3,50 Esfas obras se venden en todas las librerias. 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